enero 16, 2011

Un lugar en la generación

...cada quien tiene que ensayar por sí mismo la manera en que puede alcanzar la dicha... además de las circunstancias externas, pasará a ser decisiva la constitución psíquica del individuo".  Sigmund Freud

Así titulé un espacio de conversación realizado en un Centro de jubilados docentes, al que fui invitada para tratar un tema que les inquietaba a sus integrantes: el no querer envejecer, el no sentirse identificados con el nombre de jubilados.

Desde el inicio invité a realizar un movimiento: ir de lo que no se quiere, o lo que no representa, hacia la posibilidad de disponer de un lugar contando con lo propio, ya sea geneando, en el sentido de construir la propia forma de vida; como también en otro sentido, el de tomar un lugar como sujeto, en el orden de las generaciones.

Al respecto, hice un recorrido sobre un texto de Sigmund Freud: "El malestar en la cultura", para ponerlo en conversación con nuestro tema.

- La cultura designa el conjunto de operaciones y normas que regula la sociedad, frente a las cuales el humano siente cierta seguridad, de otro modo quedaríamos bajo la arbitrariedad del poder individual.  En la sustitución del poder individual por el de la comunidad, hay un paso cultural, pero a la vez se localiza la hostilidad que acarrea la renuncia de lo excesivamente singular.

- La teoría de Freud sobre lo que favorece el agrupamiento, es el trabajo.  El trabajo y la producción cobran el valor de un bien, cuestión tan actual hoy en día.

El desarrollo del texto ronda temas como: la felicidad y el sufrimiento.

Siendo la felicidad una situación que pertenece al instante, solo podemos gozar con intensidad el contraste, muy poco el estado.
El sufrimiento ataca desde tres fuentes: el propio cuerpo, la naturaleza y el vínculo con otros seres humanos.

Nunca dominamos completamente la naturaleza, nuestro organismo siempre será una forma perecedera (no podemos suprimr todo padecimiento, pero sí mucho de él). La conducta es distinta frente a lo social, no podemos entender la razón por la cual las normas que nosotros mismos hemos creado, a veces nos son tan ajenas.

Hay dificultades inherentes a la esencia de la cultura, el texto de Freud deja dicho que se trata de la ubicación del malestar como algo estructural.

Para remitirnos a nuestro tema, podemos decir que entre las normas existentes en nuestra cultura está la ley laboral, que estipula que una persona, luego de "x" años de actividad laboral y cumplida cierta edad, pasa a la condición de jubilado.

Aliento a revisar el modo singular de afectación al respecto, tal vez actualice en alguien un padecer antes obturado por la ocupación desempeñada, podrá producir en otro un efecto sobre lo real de la edad, incluso en alguien la posibilidad de desplegar alguna iniciativa... cobrará sentidos diferentes en cada quien.

Pensemos en la tensión entre lo singular y social y resaltemos los diferentes sentidos que cobran para cada una estos nombres, ya que posibilita salvarse de la alienación de una palabra adherida a un sentido común, externo al sujeto.  Se trata de hacer entrar la varidad, contando con lo que hay en cada uno, en dirección a disponer de los propios recursos para hacerse un lugar en la sociedad, de otro modo que cargando con una palabra extranjera para sí mismo.

Entonces no hay un mundo terminado, no hay nada de por sí, lo que hay es el devenir de lo que cada uno va construyendo y el uso que hace de ello.  Cada quien decidirá como desea habilitar su mundo.  La vida es generar, unicarse en la generación, y seguir generando para existir, pues que algo dure, es que continúe produciendo efectos.

Discernir la dicha posible es un problema singular, no existe consejo válido para todos, en cada sujeto lo decisivo es su constitución psíquica, identificando cuales son sus recursos subjetivos y ubicando que uso se hace de los mismos.

El psicoanálisis se dedica a hacer hablar una diferencia, para que el sujeto enuncie lo que tiene de singular y haga con eso.


Lic. Adriana Soto

enero 15, 2011

Faltan las palabras y sobra la comida

Los problemas con la alimentación suelen ser la expresión corporal de variados conflictos psíquicos.  Una particular metáfora del cuerpo como vidriera de los sucesos anímicos, resultado de una dramática ausencia de palabras.

Comprometen la alimentación, pero no se trata solo de ello.  Las variantes pueden ser tantas como personas que los sufran.  Se puede comer de más, comer lo que hace mal, comer la mitad, comer nada, atragantarse con la comida, comer lo que engorda, etc.  Dependiendo de la historia de cada quien.

Existen trastornos bien definidos y muy populares, que nombran a quien los porta y de algún modo justifican socialmente su padecer, a los condena, según el caso.
Existen también cuadros más difusos, pero no menos complejos, que también entorpecen los días de quien se los topa.

La anorexia se caracteriza por el esfuerzo de no comer.  La bulimia en cambio es una marea difícil de detener, que arrastra a la ingesta de gran cantidad de alimento en cortos períodos de tiempo, aislados o repetidos durante un mismo día; utilizando algún método o no, para contrarrestar lo ingerido.  En ambos casos suele haber distorsión de la imagen corporal.  Es decir, el espejo devuelve unos cuantos kilos más de los que hay en la realidad.  Enredadas en uno u otro cuadro, las jóvenes (ya que el mayor porcentaje es femenino) suelen andar de mal humor, irritables, solitarias, con atuendos que ocultan un cuerpo avergonzado y esquivando con excusas creativas las situaciones involucradas con el alimento.  Con sentimientos de desesperanza y autoexigencia desmedida.
La obesidad se define por un índice de masa corporal por encima de los parámetros que indicarían sobrepeso.  Las causas pueden ser diversas, aunque cuando no se trata sólo de cuestiones orgánicas, la variable "elegida" en el modo de comer puede dar como resultado un cuerpo obeso; que en el caso de permanecer en el tiempo, obliga a complicaciones que podrían poner en riesgo la vida.  En algunas personas con obesidad también se observa cierta distorsión de la imagen corporal.  En este caso, el espejo ofrece un cuerpo un tanto más delgado que el real, dificultando así la disposición al tratamiento, igual que en el caso inverso.

Existen también, una serie de dificultades más difusas, sin un nombre científico determinado que las identifique y diferencie.  Los reiterados fracasos en el intento por bajar esos kilos de más, las comilonas recurrentes e invevitables, seguidas de malestares estomacales, la excesiva preocupación por la imagen y consecuentes conductas alimentarias al respecto suelen fastidiar a más de uno.  Estos cuadros más escurridizos producen molestias a escondidas.  Eso hace que pocas personas sospechen de sus posibles causas anímicas, y a pesar de padecerlos durante años, rara vez buscan ayuda psicológica para ello.  Insisten a lo largo de los años, generando malestar y frustración.  Han sido sometidos a los más diversos, raros e ingeniosos tratamientos sin resultados duraderos.  Probablemente resistentes a terapias centradas en la conducta alimentaria solamente, por sus determinaciones psíquicas subyacentes; que de no abordarlas de acuerdo a su complejidad, permanecen indemnes a lo largo de los años.  Ello hace frecuente encontrarse con casos en los que se soportan altos niveles de gravedad debido a la falta de difusión de una alternativa de tratamiento ligada a la palabra, a la dimensión psíquica del problema.
Si en el seno del trastorno suponemos que la ausencia de palabras da origen a expresiones directas en el cuerpo y las conductas, habrá que propiciar un espacio que favorezca las palabras que faltan.  El psicoanálisis aporta un espacio de escucha cuya dirección es trocar por palabras lo que se muestra en el cuerpo, y a partir de allí operar sobre esos dichos.
Aquello que se puede pensar, decir, incluso soñar, no necesita alojarse en el cuerpo a costa de poner en peligro la vida.

Ahora bien, las conductas alimentarias, si bien determinadas por causas psíquicas en la mayoría de los casos, han alcanzado al cuerpo.  En aquellos casos en los que el compromiso físico es significativo, el cuerpo también requiere asistencia.  Porque para poder hablar necesitamos alguien con un cuerpo mínimamente en condiciones.  Los buenos resulados en el tratamiento de los desórdenes alimentarios sulen estar asociados a un abordaje interdisciplinario, es decir, psicológico, médico y nutricional en conjunto.

Bulimia, anorexia, obesidad y otros problemas del comer no tienen por qué ser "de por vida".  Propiciando el tratamiento adecuado en cada caso, contando con la participación del paciente y la eventual colaboración de la familia, tomando el tiempo necesario en cada caso, es posible pensar en la dificultad alimentaria sólo como una parte de la historia.

Lic. Natalia Zito

¿Orientación vocacional?

Muchas veces el proceso de orientación vocacional despierta expectativas que no sonsatisfechas.  ¿A qué se debe esto? A que en ocasiones se procede a una mera administración de tests vocacionales que no son suficientes para encarar el problema de la elección de una carrera.  Este tema es mas complejo.

Es necesario señalar que lo que se llama "vocación natural" o como se escucha decir habitualmente "lo trajo al nacer", no existe como tal.  Todo lo que tiene que ver con el orden de lo psicológico (y esto lo es) se va formando en el transcurrir de la vida de una persona que está inmersa en un grupo familiar determinado.  Es decir que no se trata de algo mágico, ni de un don innato, sino de algo que se construye en el devenir de la vida.
El joven en situación de elegir una carrera tiene que resolver una serie de influencias, sueños, presiones y deseos presentes en todo el grupo familiar y en él mismo.

Normalmente puede resolverlo solo y le basta con una buena información respecto a las diferentes carreras, el campo laboral que ofrecen y la demando de trabajo que poseen.  Pero en otros casos se presenta un verdadero CONFLICTO, un conflicto vocacional, y estos son los casos en que la información no alcanza y el joven se encuentra confundido y angustiado.
Un conflicto supone fuerzas contrapuestas que tratan de predominar y ninguna lo logra.  No puede resolverlo.  Dice que no le gusta ninguna carrera o que le gustan varias.  Empieza carreras que no termina.  Deambula por diferentes facultades o concluye pero luego no la ejerce; a veces finalizada una carrera empieza otra.  

Lo que hay que descubrir es que dice el conflicto, ya que como todo síntoma psicológico dice una verdad oculta para el que lo padece y, el profesional debe ayudarlo a que se instale en un lugar o sea que haga una elección que le permita conjugar los sueños y deseos que están puestos en juego.  Una elección posible.  Es poder "rechazar" y "tomar" para arribar a un deseo propio que lo satisfaga.  Se trata de poder dejar posibilidades de lado y encontrar otras.
Señalemos que todo este proceso excede el marco de la llamada Orientación Vocacional con mera toma de tests.  Que en todo caso debería denominarse información.  El conflicto debe ser tratado en otro marco y con el profesional psicólogo adecuado, no se trata de orientar sin de descubrir todo lo que está jugando allí y que está provocando la angustia y la ansiedad que es común en estos casos.

Lic. Celia de Luca

abril 21, 2010

Planificación familiar. ¿Quién es la madre?

Un espectacular caso de adopción, revelado en los diarios británicos que se tejió al amparo de las nuevas técnicas de fertilización asistida, nos lleva a la pregunta de ¿quién es la madre?  Los italianos que encargaron la fertilización y la rechazaron al saber que eran dos niñas, Claire, la británica, madre portadora quien se ofreció para el alquiler de vientre.  Los biológicos: una británica y un norteamericano que donaron los óvulos y el esperma y una pareja de lesbianas quienes están tramitando su adopción.  Con seis meses de vida las mellizas aún permanecen en un limbo genético y legal.  (Clarín 20 de mayo de 2000).
Pues ante las autoridades, la única responsable es la madre portadora.

Como vemos en los últimos tiempos la familia y el cuerpo han tomado un renovado protagonismo que nos enfrenta a temas éticos.  El turismo reproductivo, la adopción, el alquiler de vientre, la donación de esperma y óvulos nos muestra el pasaje del "sexo sin embarazo" al "embarazo sin sexo".  Tanto parejas tradicionales, homosexuales, hombres o mujeres solas sin una relación y el lazo que los une, puedan acceder a un niño.  Estas nuevas formas de concerbir una familia se presentan como un desafío para el psicoanalista y nos obliga a dar una respuesta a la altura de la época.  La sociedad abre debates sobre quiénes pueden ser padres.  No es una postura moralista la del psicoanalista, es una posición ética orientada por los dichos del paciente, que nos llevan a su deseo y sus modos de gozar, pues ni la adopción, ni una técnica de reproducción asistida, ni ser padres genéticos o biológicos garantiza la función de padres y la transmisión de un deseo hacia ese hijo.
Por ejemplo un niño no puede sino llevar la marca del modo bajo el cual lo aceptaron los padres.  Incluso un niño que no fue deseado, puede ser acogido más tarde, pero esto no impide que algo conserve la marca del hecho de que el deseo no existía antes de esa fecha.

Mi experiencia, y derivaciones de los médicos que evalúan la importancia de acompañar a las parejas en su deseo de planear ser padres ya sea de forma natural o con ayuda de técnicas de fertilización asistida, me dice que las técnicas de reproducción asistida permiten a aquellos que quieren tener un hijo posibilidades que antes parecían inalcanzables, pero al mismo tiempo los enfrentan a tomar decisiones que en el mejor de los casos los llevan a consultar.  Frustración y angustia cuando el bebé no llega.  Desequilibrio emocional frente a tratamientos y a los cambios físicos.  Aislamiento.  Desencuentros con la pareja.  Culpas por postergar la maternidad, etc. 

Es importante dar un espacio para trabajar las emociones y dar al tratamiento médico que acompaña esta búsqueda mayores posibilidades.  Atravesar el camino de la manera mas saludable.

El psicoanálisis interviene ofreciendo un espacio de interconsulta interrogando al síntoma como un acontecimiento de cuerpo, orientados por el conflicto que aparece allí, en el sentido que cada uno le otrorga a lo que pasa en su cuerpo, pues es en el cuerpo en donde se expresan las alegrías y las tristezas que a veces no se pueden expresar en palabras.  Pues si bien la familia es un fenómeno general, entre lo universal y lo singular cada uno inscribe su familia, que tomará distintas formas según la época y sus ofrecimientos, pero los protagonistas de estas nuevas formas familiares hacen pareja o no según su particular historia.

Frente a la pregunta ¿quién es la madre? hasta la ciencia en la actualidad con los casos de ovodonación no puede contestar la pregunta con una respuesta biológica.  El psicoanálisis señala un lugar vacío a ocupar por el progenitor, ese lugar no se ocupa naturalmente, no es un rol lo que da la filiación, ni sólo la determinación genética.  Lo que asegura ejercer la función paterna o materna, sino un hombre y/o una mujer siendo responsables de su deseo.

Estas son las marcas que lo harán sujeto y le prepararán un lugar.  No es la forma o la cantidad sino cómo entran en función quienes van a constituirse en padres.  Por eso la paternidad tendrá un sentido singular para cada uno, cada uno lo abrochará a su cuerpo a su modo.

Lic. Graciela González Horowitz

Con el tul en la cartera

¿Qué quiso hacer esta mujer?  ¿Se trata de la simpática Susanita... o la versión en tiempo real del casamiento de Muriel... o es la siniestra "La novia de Chucky"?


¿Hay que disfrazarse para enganchar?  ¿De qué nos disfrazamos día a día?  ¿Con un vestido blanco alcanzaría sin importar que el novio se descomponga?  Este es solo un ejemplo, quizás un poco exacerbado (pero real) de las versiones del desencuentro de hombres y mujeres.

Los disfraces de mujer

¿Qué es el disfraz, salir corriendo a comprar el look de la temporada?  ¿Tener el lomo de una top model, o el lacio perfecto de las nuevas cremas alisantes?


Es esto y mucho mas.  Quizás esto que suena superficial encierra muchos misterios más que hacen a la mujer.  


No queremos ser Pampita, pero cuando nos ponemos ese vestido que vimos en la revista, ese simple rasgo hace que seamos otra, otra para nosotras mismas.  El vestido nos cubre el cuerpo sugiriendo, pero no mostrando, siendo nosotras, pero también otra... transformándonos en un enigma para el otro, mientras en el camino no paramos de preguntarnos que será "eso" que lo atrapa.  Engaño que nos hace ilusionarnos pensando que lo que el otro desea es decible, descifrable, alcanzable...


Si algo nos sorprende en la escena del "vestido de novia" es que allí no valía como disfraz, pues no había ningún enigma. La "novia" tenía sus secretos al desnudo.


Entonces, si el disfraz es el que genera el misterio: ¿cuál es el misterio?  Que tras el disfraz no hay nada más que carne y huesos, que solo se transforman en silueta de mujer si hay un velo que lo cubra.  Allí está nuestra inteligencia... en saber qué velo elegir.


¿Por qué en esta época donde menos prohibiciones y tabúes se interponen en las relaciones de pareja es cuando más experimentamos el fracaso del amor?


Para esto tenemos muchas explicaciones "pret a porter": "los hombres le temen al compromiso, solo quieren relaciones "touch and go", o bien: "los hombres temen estar con mujeres autosuficientes porque se sienten avasallados", y más bla bla bla...


¿Tenemos nosotras algo que ver con esto?


La mayoría de las mujeres piensa que no.  Otras parecen ser las dueñas del secreto del amor.  Son las que están siempre radiantes y satisfechas, por lo menos de la boca para afuera... "Que me quiera como soy" dicen otras...


Se podría pensar algunas frecuentes posiciones femeninas frente al amor de un hombre:


La que elige siempre el hombre que la abandona, que la maltrata, que la deja por otra, que no las satisface.  Para ilustrarla: son las que sufrientes por un desengaño amoroso, acaban de haber sido vilmente engañadas, logran reponerse y finalmente conocen a un "hombre distinto" que las lleva y las trae a cenar, al cine, a pasear por lugares con onda, las llama para saber como están, y de repente... lo encuentran con otra.  Otra bastante parecida a la nueva novia del "ex".  ¡Qué casualidad!  ¿Qué hacer ahora?  "Todos los hombres son iguales" gritan a los cuatro vientos, mientras se encierran en jogging a comer helado y ver un video el sábado a la noche, hasta que se sientan lo suficientemente restituidas como para salir "al mercado" una vez más en busca de un nuevo "hombre distinto".


La que elige el amor prohibido donde desde el comienzo hay un obstáculo garantizado.  Siendo justamente esto lo que asegura la pasión.


Como reconocerla:


No nos sorprende que miles de mujeres sigan diariamente novelas como fue "Padre coraje" con la pobre Clara Guerrico donde la urgencia y el peligro acechan a cada instante.  Ella lo visita en la parroquia y se encierran juntos en el confesionario hasta que algún alma en pena los interrumpe solicitando los servicios del cura.  Ella acomodándose la ropa dice: "Padre, lo nuestro no puede ser, vamos a arder en el infierno" y el Padre Juan calla sus palabras con "el" beso.


Las que permanecen con un hombre que no puede, que no alcanza, que no sabe... con la tarea de transformarlos en un "hombre con todas las letras".  Haciendo de esto "su misión".


Como reconocerla:


Son mujeres geniales a la vista de las otras mujeres.  "¿Por qué está con ese?" se preguntan las amigas.  Trabajan y se las arreglan muy bien, aunque les podría ir mejor.  Su pareja es un "hombre" de 30 años aproximadamente, que aún vive con sus padres, con la excusa de que aún no tienen dinero para mudarse, o no quieren alquilar, por lo que están ahorrando para comprarse algo directamente.  Se dedican a la pintura o escultura, o tal vez están aguardando la inspiración para un nuevo proyecto.


Las que se posicionan "al lado de" un hombre pensado casi como ideal, poderoso, seductor e inteligente...  Transformándose en "la asistente" de él.  Prototipo de esto es la frase "detras de todo gran hombre siempre hay una gran mujer"... mujer que se siente borrada, anulada o dependiente.


Ellas son fáciles de reconocer.  Siempre les tienen las camisas planchaditas, les recuerdan eso que ellas siempre olvidan, les preparan el desayuno, la cena y el lunch para la oficina.  Van a verlos a todos sus partidos de fútbol (aún si juegan de arqueros) y suspenden reuniones con sus amigas solo porque "a él no le gusta que no esté en casa a la hora de la cena".


¿Por qué a la mujer de hoy le cuesta tanto encontrar el amor?  O será que el amor es siempre fallido de una u otra manera...  ¿Hay una vocación femenina de transformar a ese inmaduro en ese hombre con todas las letras?

Vuelvo a repetir: ¿tenemos las mujeres algo que ver en esto?

Quizás esta pregunta nos permita pensar qué se juega en nosotras en estas elecciones donde siempre lo más seguro y garantizado es el desencuentro eterno.  ¿Estamos tan convencidas que queremos compromiso, o familia, o aquellas cosas de las que tanto nos quejamos de no encontrar?


Muchas mujeres se quejan de que, casi como una profecía, siempre terminan con el mismo partenaire: el equivocado.  ¿Será esto casualidad?


El famoso psicoanalista francés Jaques Lacan, decía: "el deseo se lee por sus consecuencias".


¿Será que las mujeres realmente desean aquello que creen que desean?  ¿O será que también como mujeres podemos plantearnos si nosotras tememos al compromiso, si hay algo en aquel "mujeriego" que nos seduce, si la "otra" nos resulta misteriosa y enigmática, y ¿por qué no, impresindible en nuestra pareja...?


Tal vez cuestionar esto que tanto le achacábamos al otro nos haga movilizar algo de nuestro tan querido y arraigado círculo vicioso, o tal vez realmente él tengo toda la culpa.


¿Y entonces, cuál es el secreto?


Parece que el amor es siempre un poco desencontrado, hay siempre un punto de vacío, de preguntas, de incomprensión, de odio, de desconocimiento, de angustia...  pero esto es justamente lo que lo mantiene vivo y en movimiento.


Todo depende de cómo nos las arreglemos para soportar las diferencias, y hacer de ellas justamente lo más disfrutable.


El secreto del amor tal vez sea comprender que las relaciones de amor como los misterios, no son para ser entendidos sino para ser vividos.


Lic. Laura Hernández





abril 16, 2010

Fobias infantiles

¿Qué son las fobias infantiles?  ¿Qué son las fobias universales?  ¿Qué son las fobias como patología?  Interrogantes que sostendré como eje de este artículo.

Los niños... ¿se angustian?

Las fobias infantiles son muy comunes, frecuentes y menos grave, en el transcurso de la constitución subjetiva de los niños.  Se podría decir que las fobias son las neurosis por excelencia en la infancia.  Cuando estas aparecen no hay que preocuparse, en todo caso "ocuparse".  Por el contrario cuando están ausentes, generalmente indican patologías graves.  Lo peor que le puede pasar a un niño psicopatológicamente es el Autismo (desencuentro radical entre el bebé y el Otro).  Por suerte es mucho menos localizable.

Es Sigmund Freud quien las descubre, o sea que es una delimitación psicoanalítica.


Es muy común que los niños tengan ciertos miedos, como por ejemplo a la oscuridad o a determinados animales.  Podemos hacer una primera diferenciación con respecto a su presentación.  Habría que diferenciar lo que son las "fobias universales", de las fobias como "patología".  Las primeras tienen que ver con ciertos momentos en la constitución subjetiva, ciertos miedos por los cuales todos hemos pasado.


El primero es el miedo a los extraños, o también conocido como "angustia del octavo mes".  Cuando observamos un bebé de esa edad en brazos de su mamá y de repente alguien extraño lo quiere agarrar, probablemente llore, no quiera, grite.  En ese momento de plena constitución de su psiquismo, el bebé comienza a simbolizar que si el otro es "extraño", el también es extraño a su madre, él es un cuerpo separado de su mamá.


Estas fobias universales son muy tempranas, transitorias y con el transcurso del tiempo "desaparecen".  Cuando esto no ocurre, pueden convertirse en "patología".  Aquí es comùn encontrarse con niños que nunca pueden ir a cumpleaños, no pueden separarse de la madre, niños con miedos a los perros (zoofobias), produciéndose en estos casos una inhibición, cierta limitación del movimiento.


En estos casos, es muy importante poder ver esta sintomatología, pedir ayuda, hacer una consulta, porque de lo contrario puede tener consecuencias mas graves en el futuro.


Los síntomas fóbicos, como todo síntoma (en el sentido psicoanalítico) son metáforas, sustitución, portadores de un "saber inconsciente" a descifrar vía un "análisis".  Dicho síntoma vehiculiza un "deseo" y un "goce".


La fobia conviene pensarla no como una entidad clínica, sino como una plataforma giratoria, como ese punto de pasaje a otras estructuras.  En el camino de la constitución de un sujeto, las fobias vienen a dar cuenta del momento de separación, de corte, de cambios en la vida de esa persona (construcción del psiquismo y del cuerpo).


Estoy atendiendo un pacientito que me lo derivaron proque no hablaba y porque en el jardín de infantes observaban que no se conectaba.  El niño tiene 3 1/2 años.  Si bien era cierto que había sido un niño poco hablado, su desconexión no tiene que ver con síntomas autistas.  Al poco tiempo de la consulta, J. comienza a hablar mucho mas, enriqueciendo su vocabulario, pasando de "llamar a la mamá" a empezar a nombrarme a mi en las sesiones y demandándome mi atención, excluyéndola a la madre.


Es en este momento donde aparece el miedo a los perros, pero a los que él ve a través de una reja.  J. estaba preso de la relación incestuosa con su madre y es el miedo el que le permite realizar el "llamado al padre", para que le abra las puertas de la reja para salir a jugar.


La fobia viene a hacer suplencia de algo... a develar en la aventura analítica.


Lic. Stella Maris Rodríguez



abril 15, 2010

Problemas en la escuela

"Su hija tiene déficit de atención ¿por qué no consulta con un neurólogo?" plantea la escuela, ante algunas dificultades de la niña en el desempeño escolar.

"Esta nena es hiperactiva, vaya a un neuropediatra para que la medique" dice la fonoaudióloga, la segunda vez que la ve.
Así como en la escuela y en determinados ámbitos profesionales, también , en los medios de comunicación gráficos y audiovisuales nos hemos acostumbrado a que se hable y se escriba sobre estos temas.

Detrás de estas palabras que, como decía Maud Mannoni, psicoanalista francesa, "están vivas, tienen peso", subyacen al menos los siguientes supuestos: primero que se trata de problemas de origen biológico, algo funciona mal en el cerebro, sede del sistema nervioso central; segundo que se trata de cuestiones individuales, es el niño el que porta la dificultad.
El tema no es tan sencillo como se lo presenta sino que involucra, tanto en sus causas como en sus posibles soluciones, una mayor complejidad.

Ahora bien, cuando un niño presenta problemas de aprendizaje, de conducta, de atención o combinación de algunos de los citados, desde el vamos entran a jugar tres variables: los padres, la escuela y el niño.
En general, una de las primeras cuestiones en aparecer es la falta de implicación de los actores en cuestión, por lo tanto el niño viene con una marca que lo diferencia, con una carencia, con un déficit por lo que no puede hacer ni ser, marca que lleva probablemente desde hace mucho tiempo.  El primer movimiento tranquilizador (para el depositario del problema) consiste en realizar una redistribución cuantitativa del mismo.

Para entender que le pasa a un niño hay que conocerlo y también a su contexto familiar, escolar y social para así poder analizar las tres variables de manera interrelacionada.
Con respecto al niño, es necesario saber como se desarrolla su aprendizaje escolar y extra escolar, sus preferencias, gustos, inclinaciones, disgustos y fracasos, la historia escolar, las características de la institución escolar, la historia evolutiva médica, si la hubiere, anteriores y actuales diagnósticos y tratamientos, los puntos cruciales de la historia familiar.

Cuales son las cuestiones que le hacen dificultad en el ámbito escolar, indagar sobre su actividad social, sus preferencias por las actividades escolares u otras o su disgusto por la institución escolar, cómo son su familia y amigos.
Con respecto a la escuela, es importante conocer su metodología, mirar los cuadernos, el tipo de corrección, las actividades escritas y las verbalizaciones con que el niño cuenta esas actividades, la presentación y lo que se ve del niño en dicha presentación, como utiliza el espacio, si es confuso u ordenado, sus preferencias, cómo dibuja y quén hace los dibujos, el tipo de escritura, sus dificultades y estrategias de resolución, su nivel de simbolización, sus modalidades de apropiación del conocimiento.

Se puede entrar en contacto, de esta manera, con las características de la institución escolar y ver si se trata de una institución con una tendencia homogeneizante, sin lugar para las diferencias, cuya enseñanza se basa prioritariamente en la repetición y en la acumulación de contenidos o si, por el contrario, en ella se acepta al niño en su singularidad, brindando una enseñanza personalizada que tenga en cuenta las ideas previas en la construcción de los conocimientos, las diferentes modalidades de acceder a los mismos y las múltiples inteligencias puestas en juego en este proceso, así como también, la variedad de gradaciones institucionales que entre los extermos del abanico se despliegan.
Los papás pueden implicarse e interrogarse o presentar un rechazo fuerte a la interrogación.  Podemos encontrarnos con mamás intrusivas, que hacen las actividades por el niño, o "que ya han bajado los brazos" porque "no saben que mas hacer" o preocupadas.  A veces el niño es presentado como el que no puede, escribe mal, no sabe dividir, está lleno de faltas de ortografía, es desprolijo, no entiende, no estudia, etc.  En todos los casos con una gran dosis de ansiedad, apurados por los tiempos institucionales.

Con respecto a los padres, se puede pensar cuál es su actitud en lo concerniente a la aceptación de su hijo tal como es, lo que implica ver un sujeto diferente, o si por el contrario, persisten en sostener el ideal de hijo que hubieran querido tener, hecho a su imagen y semejanza o que hubiese compensado por lo que ellos no pudieron ser o hacer, en definitiva, un niño no visto, no reconocido en su singularidad.  Papás que han podido o no realizar el duelo por el hijo no nacido, en el caso que haya una discapacidad, duelo que se repite múltiples veces en el proceso de separación de la díada padres-hijos, actulizándose fudamentalmente en la adolescencia.
Cuando miramos al niño observaremos si puede aprender, con su modalidad, con sus tiempos, rescataremos sus aprendizajes de la vida, lo que aprende en la calle dado que muchos niños provenientes de un medio social pobre y de una familia poco escolarizada tienen dificultades con el aprendizaje de la lengua y de contenidos escolares, mas poseen ricas experiencias aprendidas de su entorno.

Con los límites puestos por la biología, para el niño con discapacidad, no puede establecerse de antemano el techo para su aprendizaje.  El andamiaje brindado por los docentes, los pares, la familia contribuirá a que el despliegue intersubjetivo llegue a ser intrasubjetivo.  Que este andamiaje se materialize en situaciones concretas dependerá de las políticas educativas del estado y de la ideología pedagógica individual y grupal que siempre trasunta en actitudes hacia el niño, ideología que también en parte está determinada por las condiciones materiales en que se desenvuelve el acto educativo.
Podemos así mismo preguntarnos: Un niñito que no aprende, ¿qué será lo que no quiere saber?  ¿De qué no querrá enterarse?

Desde el punto de vista del niño se entrecruzan múltiples causas que determinan los problemas de aprendizaje.  Entre ellas enunciaremos, el particular proceso de construcción subjetiva y la modalidad de conocer, la relación que establece con la maestra que se desarrolla dentro de una institución y por lo tanto está en íntima relación con la ideología, la metodología y la estructura institucional.

En lo referente a la familia y la sociedad, habrá que tener en cuenta la valoración que la familia haga del apendizaje que a veces coincide y a veces disiente con lo que intenta transmitir la escuela y las identificaciones que el niño vaya estableciendo, así como también las vivencias personales que acompañan este proceso.
Siempre fue menester considerar y en este momento histórico aún más, la cuestión crucial de las necesidades básicas insatisfechas.  

Se irá de este modo redistribuyendo el problema de manera tal de ubicar en cada variable la implicación que le cabe en el mismo.

Suele suceder que un niño sea derivado de una institución a otra o para una consulta profesional porque los grupos áulicos son numerosos y la estructura y la ideología institucional no pueden tolerar alumnos, que suelen ser creativos e inteligentes, a los que simplemente hay que tratar de ayuda a que realicen el apendizaje pertinente para adecuarse a pautas y trabajar en grupo.  Como consecuencia de esta actitud derivacionista, que ubica lo diferente como molesto, problemático, en busca de diagnóstico que confirma enfermedad, el niño suele pregunarse: ¿qué hice de malo?  Los padres que se angustian y buscan auxilio y diagnóstico, apresurados por los tiempos institucionales de exámenes y promociones, suelen expresar: "Yo sabía que mi hijo era normal, no sabe lo que me tranquilizan sus palabras".

Suele suceder también, que los padres no acepten la problemática de su hijo, oculten diagnósticos, información y obstaculicen el contacto con otros profesionales, no den continuidad a los tratamientos, los coloquen en escuelas cuyo nivel excede su posibilidades, acentuando así la sensación de fracaso y los circuitos expulsivos.

El trabajo en conjunto de padres, escuela y profesionales que acompañan al niño en momentos más o menos prolongados de su vida personal y escolar, donde cada actor se implique con las responsabilidades que le cabe y se haga cargo podría ser el modo deseable para que el niño no sea el emergente de una problemática institucional o familiar.

La justicia en cualquiera de los órdenes de la vida, alivia y es el pirmer paso a dar para poder desandar la historia familiar y escolar y construir de este modo un camino de reparación subjetiva posible

Lic. Liliana Dulbecco

Cuando elegir es un obstáculo

Siempre hemos escuchado hablar de la vocación como un "llamado".  Pero, ¿de qué tipo de llamado hablamos?  Se trata de un llamado interno para ocupar un lugar entre los otros.  Este llamado no es algo que está dado de antemano, es algo que se va construyendo, a partir de la historia personal de cada uno, de sus experiencias, inquietudes, etc.

A veces solemos escuchar algo como lo siguiente: "él siempre supo lo que quiso, desde chiquito decía que quería hacer... o ser... tal o cual cosa."  Y esto pasa, que haya personas que sepan que es lo que les gustaría estudiar, a que les gustaría dedicarse, y emprenden su camino en ese sentido.  
Pero también hay quienes, no les es tan fácil poder discernir o darse cuenta qué es lo que quisieran hacer.  Y aquí es donde entra en escena la Orientación Vocacional.

¿En qué consiste la orientación vocacional?
Es un proceso que apunta al esclarecimiento de las motivaciones, inquietudes, habilidades personales, como así también, del surgimiento de las cuestiones personales que puedan estar obstaculizando la elección vocacional.  Cuestiones, no siempre conocidas para la persona.

Es importante reparar en este concepto: la Orientación Vocacional como proceso.  Esto quiere decir, que no se trata solo de que "alguien especializado" va a tomar una serie de tests donde de allí surgirá, cual resultado inequívoco, cual es "La vocación".  No.  La palabra proceso, ya habla de un camino a recorrer, donde junto a un profesional especializado en el tema, se va a trabajar en torno a la búsqueda de la propia vocación.
Se trata de un trabajo personal, donde el resultado final, será haber definido la vocación. Camino que no es igual para todos, sino que cada orientación tendrá las vicisitudes propias de cada uno, revisando sus experiencias vitales, creencias, ideales, identificaciones, valores, sueños, etc.

¿Qué es elegir y cuales pueden ser los obstáculos?
Elegir quiere decir escoger, preferir.  Implica poder tomar una cosa y dejar otras.  Elegir significa poder tomar una posición con respecto a algo, y hacerse responsable por ello, y cuando de vocación hablamos, quiere decir hacer de esa elección, un proyecto de vida.

¿Qué es lo que puede hacer obstáculo a la hora de elegir una profesión?
Primero definamos obstáculo: es aquello que interfiere, que interrumpe, hace cortocircuito o que impide poder tomar una decisión, o poder conectarse con los propios deseos, o, no poder elegir "libremente".

Aquí se pueden señalar algunos obstáculos posibles:
· mandatos familiares
· lo que cada uno cree que se espera de uno (expectativas familiares)
· no poder tomar una decisión, ya que escoger una opción, implica poder dejar otras afuera
· desconocer su propio deseo
· presiones (familiares, propias, sociales)

Por todo lo hasta aquí dicho, es sumamente importante ver en que situación se encuentra cada uno con respecto a su pregunta por su vocación,  Y de no haber pregunta, será necesario poder construirla para poder encaminar este proceso de orientación vocacional.
(No es lo mismo no saber que quiere, que saber y no poder tomar la decisión de elegir dicha profesiona porque eso acarrearía un conflicto con alguna personal significativa para uno).

Como así también es importante poder situar el lugar del consultante dentro de su familia; a saber: las ocupaciones de los padres, abuelos y sus parientes próximos.
Por ejemplo, podemos encontrarnos con algunas de estas situaciones:

· padres que, por necesidades económicas, incitan a sus hijos a elegir carreras cortas o a trabajar directamente sin comenzar a estudiar;
· padres que, por poseer alguna empresa o profesión con cierto prestigio y reconocimiento, esperan que sus hijos continúen con dicha tradición familiar.

· padres que esperan que sus hijos puedan concretar proyectos o deseos que ellos no pudieron realizar.
Estas situaciones familiares condicionan la elección de sus hijos y es preciso explicitarlas para poder reconocerlas.

Sino, actúan como obstáculo en el proceso de elegir.
La orientación vocacional como proceso

Como ya dijimos, no se trata de decirle a alguien que es lo que debe seguir, sino de acompañarlo a elegir.  La presona que consulta, es portadora de una historia, tejida en un entramado familiar y social, una historia de vínculos e identificaciones, creencias, valores y deseos.  Con un camino recorrido, con sus propias vivencias en interacción con otros significativos en su vida (padres, familia extensa, pares, amigos, maestros, etc.).  Ha ido generando un particular modo de ser y hacer en el mundo.

Por eso, es importante ver, desde que lugar está hecha la pregunta por su vocación.  ¿Es una pregunta propia?  ¿Son los padres quienes están interesados en que él o ella definan su vocación?  ¿Es el deseo de los padres lo que interfiere en su elección?

Podemos habler de tres momentos en orientación vocacional:

diagnóstico: identificar como está formulada la pregunta vocacional, y cuales pueden llegar a ser los obstáculos que interfieren en su decisión,

definir las técnicas a aplicar: para poder poner en juego dicha problemática; reconocimiento de habilidades, cualidades y limitaciones;
 

devolución: transmisión de todo lo evaluado durante este proceso.

Lic. Andrea Pilosio
Coordinadora SAC San Isidro (Colegio de Psicólogos de San Isidro)

abril 13, 2010

Mateo, el arreglador de plasticolas

Este escrito surge de preguntas que tienen que ver con cuestiones que se juegan en el análisis de un niño: el juego, la posición del niño, el lugar del analista, el amor de transferencia.  A continuación el recorte del material clínico.

Mateo tiene 7 años. Vive con su abuela materna y dos de sus hermanos por determinación judicial, Claudio de 9 y Pedro de 12 años.  Fue víctima de violencia y de abuso sexual por parte de su padrastro, Víctor, motivo por el cual fue derivado a la Institución para ser atendido.
De Mateo se dice que tanto en la casa, en la escuela, como en el hogar de niños donde pasa la mañana, desordena, pelea, pega, pierde las cosas.

Reconstrucción de la historia
A su madre, a quien él llama Leticia, no la ve desde hace un año.  Del padre de Mateo nada se sabe, ni siquiera quién es.  Digo del padre de Mateo, porque no es el mismo que el de Claudio ni que el de Pedro.

Cuando Mateo nació, tanto su madre como los dos hermanitos vivían en la casa de la abuela.
Al poco tiempo Leticia conoció a Víctor con quien decidió formar una nueva familia teniendo con él tres hijos más.  Es así como comenzó una nueva vida para Mateo y también para sus hermanos.

La abuela empezó a advertir una terrible violencia que Víctor ejercía hacia los niños y hacia Leticia, peleas, insultos, piñas, palazos, alcohol, droga.  Por tal motivo realizó una denuncia.  Los niños referían además que a veces Leticia "también les pegaba".
En aquel momento la justicia determinó que Mateo, Claudio y Pedro se quedarían al cuidado de la abuela.

El padre de Leticia había fallecido, la madre no contaba más que con el dinero que ganaba trabajando de limpieza para mantener a los tres niños.
Al cabo de un tiempo la abuela concurrió al Juzgado refiriendo ya no poder hacerse cargo por motivos económicos, "no tenía para darles de comer, eran tres".  Angustiada agrega, "no me daba cuenta y se los estaba entregando a ese tipo".

Fue así como regresaron nuevamente al antiguo entorno familiar, excepto Pedro que decidió no volver.
En la casa los esperaba Víctor.

Como era habitual, un día la abuela los visitó, encontrando en esta ocasión la casa vacía.  La familia había desaparecido.  Desesperada, no podía hallar el paradero de los chicos.
Comenzó entonces una larga búsqueda.

Después de unos meses son encontrados en otro partido, por la abuela nuevamente, quien informa las novedades al Juzgado.
Comienza una serie de idas y vueltas de Leticia a la casa materna, por peleas con su concubino.  "Venía con los chicos, se quedaba unos días hasta que él la convencía y ella volvía.  Iba la policía a buscarlos y ellos se escondían", relataba la abuela.

Idas y vueltas con mucha violencia, que concluyeron con la guarda provisoria de Claudio y Mateo para la abuela.
Los tres hijos de Leticia y Víctor fueron entregados por el Juzgado a una tía paterna con quien actualmente se encuntran.

"A Mateo le dolía la parte de la cintura y de la cola, yo pensaba que eran dolores de huesos, hasta que me contaron lo que Víctor les hacía".  Mateo era abusado, mientras sus hermanos, obligados por Víctor, eran puestos de espectadores de la escena.  Luego de lo sucedido Claudio, su hermano, lo asitía, le limpiaba la cola y lo consolaba.

"Leticia dormía porque estaba empastillada, ella no estaba bien, creía que los chicos estaban jugando.  A veces no los escuchaba.  Yo le decía que a mí ese tipo no me gustaba", refería la abuela de los niños.


Breve reseña histórica que fue sumamente difícil de reconstruir, por la abuela y por los profesionales que desde hace unos años intervenimos en el caso.  Recolección de viejas historias clínicas y de relatos de episodios significativos que sólo estaban en la memoria de los participantes y testigos de esta historia.


Mateo concurre a la Institución con su abuela y sus dos hermanos, quienes también cuentan con sus espacios de atención allí.  Sus movimientos corporales son torpes.  Su cuerpo está marcado de cicatrices.


Al subir las escaleras hasta llegar, se tropezaba, se caía.  Decidí ir a buscar a Mateo y acompañarlo de la mano.  El me miraba y se sonreía.


Tiempo de desorden


Durante un largo tiempo, al ingresar al consultorio Mateo tomaba cualquier juego, materiales, pinturas, lo que encontrara.  Cuando proponía realizar un dibujo con témperas, derramaba todo el contenido de los pomos de témpera en los recipientes, los cuales quedaban sobre el escritorio como si no lo hubiera advertido para pasar a usar lápices, fibras, juegos, papeles de colores,  Si dibujaba, sólo eran trazos.


Era necesario tener un tiempo antes del próximo paciente para reconstruir el consultorio.


Actualmente al ingresar se saca su guardapolvo, que junto a su mochila deposita en una silla a su lado.


El concluir la sesión ayudo a Mateo a ponerse el guardapolvo, le digo: "¿Te ayudo?", mientras remarco que le queda muy lindo el corte de pelo como así también sus zapatillas o la ropa que lleva puesta.  Mateo, como cuando sube las escaleras, me mira y se sonríe.


En mas de una vez me encontré limpiándole los mocos, dándole manteca de cacao para sus labios partidos, o curitas para una lastimadura.


Tiempo en el que propuse elegir


Elegir, intervención que fue pensada en relación al caos, a la desorganización de los primeros encuentros, como una forma de acotar, de ordenar.


"¿Qué te parece si elegimos a qué vamos a jugar, vos me pedís el material que necesitás y yo te lo voy alcanzando?"  Mateo enumeraba: "Dame cinco lápices de colores, también necesito una hoja para mi, otra para vos, una tijera y papel glasé".


Cuando Mateo vaciaba los pomos de témpera le decía: "¡Eh! ¿No te parece que es mucha témpera?  Mirá que hay otros niños que también tienen que usarla".


Comienzan a aparecer preguntas


Tiempo que coincide cuando detienen a Víctor.  Mateo se enteró de que estaba preso.  Me contaba: "Viste, ése está donde tiene que estar, preso".  Y agregó: "¿Vos podés llamar a Leticia?  Para decirle todo lo que ése me hizo".  Mateo contaba que le pegaba con un rebenque, con un palo y que le metía el pito en la cola.


Respecto de las producciones que realizaba dentro del consultorio preguntaba: "¿Está bien así, es mucho?  ¿Pinto bien?  ¿Me pasé de la raya?"


De los trazos de témpera en la hoja de papel pasó a pedirme que realizara un dibujo para copiarlo él en otra hoja.


Posteriormente aparece un juego en el que tengo "una arregladora de plasticolas", mientras que Mateo una "fábrica de papel glasé".  Mateo manda a arreglar sus plasticolas para poder fabricar su papel glasé.


Hablamos por teléfono para hacer los pedidos, para vender y comprar materiales.  Mateo dice: "Dale, atendé el teléfono que te llamo...  Hola señora, ¿me podría arreglar unas gomas que tengo que trabajar y no andan?"


Actualmente jugamos a que quien tiene la arregladora de plasticolas es él, aunque ahora no sólo son para que podamos trabajar nosotros sino también los demás pacientes de la Institución.


Me dice: "¿Tus otros pacientes usan las plasticolas que yo arreglo?  Pongamos un cartel que diga: Prohibido usar plasticolas rotas, usar plasticolas sanas.  Mateo, el arreglador de plasticolas".


Al terminar una de las últimas sesiones y como es habitual, lo acompaño a la sala de espera donde se encuentran su abuela junto a sus hermanos.  Antes de irse la abuela me comentó: "¿Le contó Mateo que habló con Leticia?  Mire, fue así: yo lo veía que hablaba por teléfono, se ve que del otro lado le decían que lo querían mucho, porque él le contestaba, yo también te quiero mucho y se retorcía todo de amor.  Cuando le pregunto con quien hablaba me dice: Con mi psicóloga Carolina.  Pero estaba hablando con Leticia, no la conoció, la confundió con usted".


Lic. Carolina R. Angelucci


La Escuela (breve reflexión)

Algunas frases: "ya no son alumnos"; "ya no escuchan".  Y podríamos agregar, probablemente no hablen.  No en el sentido de que se hayan vuelto mudos, sino en el sentido de que tienen grandes dificultades para integrarse en "el hilo del discurso que distribuye, alterativa e imperativamente el lugar de cada uno: el que habla y el que escucha".

Distribuirse en el "hilo del discurso", significa que la palabra posee en sí misma una autoridad.  Dice Maurice Blanchot: "Hablar es siempre hablar según la autoridad de la palabra".
Se inaugura, pues un tristie destino, para esos nuevos alumnos mal instalados en la función simbólica, pues se encuentran de algún modo privados de enigma.  Al no hablar ya, según la autoridad de la palabra, tampoco pueden escribir ni leer.

Ciertamente, uno puede decidir que puesto que ya no lo pueden hacer, tampoco es necesario pedirles que lo hagan.  Y ésa es lamentablemente la posición de muchos pedagogos, posición que tiene sus consecuencias.
Hannah Arendt hace ya más de treinta años había previsto las consecuencias devastadoras que tendría para la educación de los niños las teorías pedagógicas que cuestionaban toda forma de autoridad: sin la autoridad bien entendida nos dirigimos directamente hacia el autoritarismo.

La autoridad no es ni la igualdad (que es lo que se procura construir) ni la coherción (que es lo que se busca proscribir).  La autoridad corresponde a una necesidad bien específica: la de introducir en un mundo preestablecido a los recién llegados por nacimiento.  Es necesario hacerse cargo de esta introducción, de lo contrario, "esta autoridad abolida por los adultos sólo puede significar una cosa, que los adultos se niegan a asumir la responsabilidad del mundo al cual han traído a sus hijos".  Debe haber un hilo generacional que atribuya autoridad para darle su lugar a cada generación.  Se debe instituir al joven como alumno.

Desde el punto de vista de la educación, la ruptura entre la modernidad y la posmodernidad es, pues, sobrecogedora: una generación ya no se ocupa de la educación de la siguiente.

Como consecuencia de este corte en la transmisión, el sujeto posmoderno se representa como in engendrado, en el sentido de que se ve en la posición de ya no deberle nada a la generación anterior.  E incluso ocurre lo contrario, es como si todo le fuera debido, pusto que se lo ha traído al mundo sin preguntarle su opinión.  Si así fuera, aún se nos escapa la medida de los efectos que pueda tener esta inversión de la antigua deuda simbólica.  Resulta evidente que este nuevo sujeto precario del posmodernismo es una víctima.  La única solución sería que el nuevo sujeto precario vuelva a tener acceso a la simbolización y recupere su dignidad.  Porque aunque estemos, como dice Roberto Juarroz:

Endemoniados por la palabra,
aunque no existen hace mucho los demonios.
Condenados por la palabra,
aunque no existan tampoco jueces válidos.
Malditos por la palabra, aunque hayan
cesado los conjuros y los brujos.
Mutilados por la palabra,
aunque se hayan perfeccionado las prótesis
y otros lenguajes parezcan aguardarnos.
Silenciados por la palabra,
que va consumiendo sus últimos rescoldos
como en un pacto indisoluble.
La palabra es una flecha ardiente
que llevamos clavada,
pero afuera está el frío sin límites.

No olvidemos: afuera está el frío sin límites.

Tatiana Reitman (Fragmento de "La dignidad del sujeto: palabra, cuerpo, goce) publicado en la revista Encuentros


marzo 21, 2010

Un padre (segunda parte)

¿La continuación de la historia?  Mis recuerdos están bastante confundidos, y con razón.  Lo único que retuve de lo que mi padre me dijo fue esto: que me haría un gran bien separarme de mi madre y que debía partir sin vacilación.  Me quedé totalmente desconcertada.  ¿Qué relación podía haber entre mi madre y el horrible estado en que me encontraba?  ¿Qué sabía él, por otra parte, de mis relaciones con mamá?  tanto durante la infancia cuanto durante la adolescencia, di pruebas de gran independencia, pasando la mayor parte del tiempo con amigos de mi edad; apenas me daba cuenta del rol primordial que una madre representa por el hecho de existir y de estar presente.  Siempre me alejé de ella durante las vacaciones y desde muy temprano, con gran despreocupación, y como la mayoría de los niños,  totalmente enfrascada en el placer que me esperaba.  (Recuerdo, por el contrario, que los regresos a la estación siempre me llenaban de emoción.  La veía de lejos remontando el andén, alta, esbelta y rubia, alerta, su expresión y su paso revelando todo el amor de una madre que al fin puede volver a tener a su hijo entre sus brazos).

Toda la santa familia me empujaba, pues, a partir: mi padre, mi tío materno (cirujano), un primo neurólogo, una gran amiga de mi tío (médico consumado que me había examinado),  mi propia madre.  Y yo partí, como estaba previsto, el 18 de diciembre de 1962, decidida a no hablar de esto con nadie por un año, pasara lo que pasase.  Comencé a llevar un diario en el mismo tren que me conducía a la otra punta de Europa, sintiendo que ésa era para mí la única manera de no hundirme por completo, de no perderme por completo.  Escribir, ya no podía leer, fijar los días ya que no tenía memoria, atrapar las palabras antes de que se me escapasen, encontrar un reflejo, una prueba de mi existencia, en los pedazos de papel, en las páginas garabateadas sin el menor cuidado estético.  Intentar sobrevivir: eso es todo.

Cuando regresé de la URSS a principio del año 1964, seguía igual.  Como me lo había prometido, no le dije una palabra a nadie acerca de mi mal y, curiosamente, ninguno se dio cuenta de nada.  En la embajada de Francia donde trabajaba, logré engañar a todos, pues mis tareas estaban bien por debajo de mis aptitudes y de mi formación.  En cuanto a las personas que frecuentaba, ya fuesen rusas o francesas, encontraban en mí toda clase de cualidades (nunca fui tan cortejada), e incluso pasaba por "alegre", como testimonia un pasaje de mi diario de hace ya varios años y en el que había consignado con asombro la observación de una amiga rusa con respecto a mi: "kakaya vesselaya"!  Cada semana durante un año, le hice llegar a mamá por la valija diplomática, una carta en la que le contaba todo lo que podía interesarle o divertirla, sin hacer la menor alusión a mis males.  Mamá podía creerme "curada".  Agregaré que en tiempos normales habría logrado enormes progresos en ruso, habida cuenta de las bases sólidas adquiridas en la Escuela de Lenguas Orientales, mis dones para las lenguas vivas en general, y sobre todo por el hecho de que, fuera de las horas de trabajo, estaba sumergida en la vida rusa.  Ahora bien, no fue así, y no dejo de lamentarlo.  Me las arreglaba justo lo suficiente para comprender y hacerme entender, no sin dificultad, pues la memoria me fallaba.  Al final de mi estadía, no llegué a hablar con fluidez el ruso.

Pero regresemos a París en ese mes de enero de 1964.  Al sentirme incapaz de trabajar, decidí volver a la universidad para ganar tiempo y probar de nuevo mis capacidades intelectuales.  Había evitado el problema de mi salud con las personas más cercanas; quería hacer un último esfuerzo, intentar salir adelante por última vez.  Muy pronto, tuve que renunciar.  Me era imposible estudiar, aprender, grabar algo en la memoria.  Siempre el mismo agotamiento, el mismo estado "algodonoso", una extraña ausencia de emoción.  Mi vida era un infierno.  Terminé por revelar el secreto: desconcierto de mi madre, burlas de mi hermano, SOS a mi padre.  Le pedí una cura de sueño, sin saber exactamente de qué se trataba.  Mi obseción era dormir el mayor tiempo posible para despertarme descansada... y curada.  Mi padre tomó en cuenta mi pedido y me dijo que iba a "informarse".  Reunidos los informes, me anunció que las curas de sueño crean hábito y que, por lo tanto, deben evitarse.  (En retrospectiva, me he preguntado a menudo cómo mi padre, psiquiatra de formación, pudo haber tenido la necesidad de investigar el tema, dejémoslo así).  Fue entonces, y sólo entonces, que me propuso emprender un análisis.  "No puedo hacerlo yo", se creyó en la obligación de advertirme (como si yo fuese demasiado ignorante para saberlo), "pero encontraré a alguien para ti".

Me envió a Madame A.  Permanecí con ella cerca de un año.  Nada pasaba y el trayecto en subterráneo me extenuaba.  Dejé.  Transcurrió un tiempo bastante largo y reiteré mi demanda.  Me eligió otra analista: Madame P., con quien me quedé varios años.  Antes de ella, yo ya había encontrado al que sería mi primer amante, gracias al cual empecé una lenta mejoría: fue la primera persona que me escuchó y me creyó, sin intentar comprender, sin poner mi palabra en duda ni por un instante.  Me amaba tal como yo era, y apasionadamente. (Quisiera aquí, a través del tiempo y del espacio, hacerle llegar mi reconocimiento).

Madame P. era una mujer buena y simpática, y creo que el trabajo que hice con ella no fue inútil.  Lo malo fue que con el correr de los años se acumularon varios indicios que me persuadieron de que era la amante de mi padre.  La dejé en el acto.

Algunos meses mas tarde, un amigo hizo alusión en mi presencia a esta relación, y comprendí entonce que todo el París psicoanalítico estaba al tanto, excepto yo.

(Yo misma elegí a mi tercer analista, no sin antes haberle exigido que mantuviera el secreto).

Cuando alrededor de dos años después de su desencadenamiento, le pregunté a mi padre sobre mi "enfermedad" ("pero ¿qué es lo que tengo?"), me respondió: en el siglo diecinueve se hubiera dicho que eras neurasténica.  (Otra persona a quien no citaré habla, ella, de "melancolía", y supone que no se cura jamás.  Mi analista no estuvo de acuerdo con este último punto).

Antes de empezar a trabajar en serio, no sin dificultad por lo demás (es decir, durante el período anterior a 1975), iba periódicamente a "consultar" a mi padre cuando tenía dudas sobre el origen de mi enfermedad en el orden de los síntomas puramente físicos: fatiga permanente, necesidad desmesurada de sueño, gran desfasaje de horas con respecto a la norma de vida cotidiana, etc.  Su actitud era variable.  La mayoría de las veces me decía algo del tipo "¿cómo va tu análisis?", lo que me dejaba triste y perpleja, pero en ciertos casos, cuando lograba convencerlo del carácter insoportable, insuperable e inmutable de mis males, me enviaba a un médico de medicina general y me recomendaba mucho que le dijese que se limitase a su oficio.  En pocas palabras, quería que el médico se comportase como médico y que no se extraviara en consideraciones psicológicas.

Agregaré que, cuando le pregunté un día si no era posible que tuviese una afección orgánica en el cerebro, me contestó que si así fuera ya lo sabríamos, aludiendo implícitamente a la evolución funesta de esta clase de lesión.  No sé si venció la estupefacción o el pavor.

Tenía treinta y tantos años.  Fue una época en la que no trabajé: estaba incapacitada para hacerlo.  Una época de vacío y de dolor.  Epoca de Montparnasse, de vagancia.  Cuando un día estaba en el Select, un viejo conocido (un muchacho convertido entretanto en psicoanalista) se acercó a mí en cuanto me vio.  Tenía una interesante noticia que darme: "¿Sabes, me dijo, que en Who's Who tu padre sólo tiene una hija, Judith?"  Vi todo negro,. La cólera llegó después.  (Algunos días más tarde, sentí la necesidad de ir a la editorial a verificar por mí misma: el amigo-que-quería-mi-bien no se había equivocado).

Odié a mi padre durante varios años.  ¿Cómo podría haber sido de otro modo?  ¿Acaso no nos abanonó a todos (a mamá, a mi hermana, a mi hermano y a mi), con todos los estragos que generó esta ausencia?  Sólo Caroline parecía haber salido indemne de ello, al menos para el observador de afuera; nunca se confió en mí.  Nótese que Caroline fue la única en tener un padre y una madre en su temprana infancia.  Puestos los cimientos...

Este resentimiento y esta furia aparecieron relativamente tarde en mi análisis.  Tardé en rebelarme.  Lo señalé como el culpable del desastre familiar, del que poco a poco tomé conciencia, y de mi abatimiento personal a la salida de la adolescencia.  Conozco la importancia que él le adjudicaba al "discurso de la madre", pero ¿por qué mamá nos habría contado "cuentos"?  Por otra parte, nunca nos dijo gran cosa, jamás nos "puso en contra" de él.  Los hechos hablaban por sí solos.  No se ocupó casi de nosotros y estuvo totalmente ausente durante los primeros años de nuestras vidas, de la de Thibaut y de la mía.  Fue mamá quien nos crió, quien nos amó todos los días de Dios.  Mi padre vivía su vida, su obra, y nuestra vida parecía un accidente de su historia, un aspecto de su pasado, que sin embargo no podía ignorar.  Sé que nos amaba, a su manera.  Fue un padre intermitente, punteado.  También sé que era consciente de su incumplimiento a nuestro respecto, como lo demuestra la siguiente anécdota.

Una noche en que fui a buscarlo a la calle de Lille para cenar, lo encontré en compañía de su manicura, quien le prodigaba sus servicios.  Me presentó a ella con orgullo.  La joven, dirigiéndose a mi, comenzó: "Así, su padre..." "Apenas", interrumpió papá con un suspiro.

Un día hice una cita con mi padre para la hora de la cena, como de costumbre.  Es urgente, le aclaré a Gloria, la fiel secretaria.  ¿De qué quería hablarle con tanta urgencia?  Ya no recuerdo.

Todavía vivía en la calle Jadin.  Ocurrió después de Rusia, así que tendría entre veintitrés y veinticuatro años.  Mi padre vino a buscarme en auto, como lo hacía en esa época.  Todavía en la vereda, me lanzó, con tono furibundo: "¡Espero que no me irás a decir que te casas con un imbécil!".  "Padre, apenas", pero padre a pesar de todo.  Desconfiaba sistemáticamente de todos mis novios. Si por desgracia mencionaba delante de él la existencia de alguno de ellos, me preguntaba enseguida: "¿Quién es?" (incomprensión de mi parte). "¿Cómo se llama?"  Como si mis "enamorados" fuesen celebridades o sus nombres (por desconocidos que fuesen) pudiesen decirle algo de ellos.  Pronunciar sus nombres me era particularmente penoso.  Tenía la impresión de estar respondiendo a un interrogatorio, de estar denunciando a un cómplice.  Pero si intentaba evadirme haciendo valer que de nada le serviría saberlos, él insistía y yo tenía que doblegarme a su voluntad.  De hecho, arrancarme el nombre del hombre que amaba, antes incluso de que yo hubiese manifestado el deseo de hablarle de él, me parecía el colmo de la indiscreción.  Y ceder ante su insistencia, el colmo de la cobardía.


Cuando de jovencita iba a pasar el fin de semana a la casa de campo de mi padre, en Guitrancourt, a menudo ocupaba una habitación en el mismo piso que él pero del otro lado de la escalera, al fondo de un pequeño corredor.  La razón principal era que este cuarto, además de agradable y abierto al jardín, poseía su propio cuarto de baño.


Llevaba a cabo en él mi limpieza personal con deleite, pues era espacioso, lleno de luz y tenía un encanto ligeramente anticuado propio de las viviendas de provincia, lo cual correspondía a mi sentido de la estética.


Una mañana, estaba parada en la bañera pasándome la esponja sobre el cuerpo.  De pronto (no había cerrojo), escucho que la puerta se abre.  Me doy vuelta sobresaltada: mi padre estaba en el vano de la puerta.  Se detuvo un instante y me dijo tranquilamente "disculpame querida", y se retiró del mismo modo, cerrando la puerta tras de sí.  Un vistazo, nadie quita lo bailado...  (Yo estaba FURIOSA).


Mamá tuvo que trabajar no bien se encontró sola.  Ejerció durante largo tiempo el oficio de anestesista junto a su hermano.  Luego, cuando se exigieron diplomas para realizar esta función, buscó inútilmente otro trabajo.  Hizo durante un tiempo motivos para pañuelos de cabeza y diseños de carácter publicitario (se había dedicado con pasión a la pintura cuando era joven), pero su "estilo" no correspondía a los gustos de la época y tuvo que desistir.  Como también tuvo que renunciar, al cabo de unos días, al "puesto" de vendedora de una modesta boutique: le tenía fobia al comercio.  Y pronto abandonó toda búsqueda.  Mamá ya no era tan joven, y sentí en ella algo como humillación.  Tuvo que arreglárselas a partir de entonces únicamente con la pensión alimentaria de mi padre, más bien pobre, con la característica de no aumentar al mismo tiempo que el costo de vida.


Era de alguna manera un "olvido" de mi padre y, como mamá no era el tipo de persona que reclama dinero, la pensión casi no se modificaba.  Nosotros, sin embargo, seguíamos allí, mi hermano y yo (Caroline ya casada o a punto de estarlo).


Viviamos así en la más estricta economía (excelente educación, por otra parte, para "niños", pero ejercicio peligroso y apenas divertido para una mujer de edad madura para quien todo, poco a poco, se volvía superfluo.


Años mas tarde, después de haberme ido (la última) de la calle Jadin, se me ocurrió hablarle a mamá de esta cuestión del dinero y le pregunté cuánto le daba papá por mes: la suma era insignificante e incité a mamá a exigirle a mi padre que aumentase la asignación que le abonaba, como era su deber.  Mamá se negó rotundamente, estaba por encima de sus fuerzas.  En esa época, yo veía con frecuencia a mi padre y decidí, por propia iniciativa, abordar el tema con él.  El resultado fue un verdadero éxito: duplicó inmediatamente la pensión de mamá.  (Mas adelante, intenté de nuevo obtener una "actualización" de la suma.  En vano.  Mi padre envejecía y con los años, aumentaba su apego irracional al dinero).


Hasta donde puedo recordar, siempre vi en el consultorio de m padre, ocupando el primer lugar en la chimenea, una fotografía de Judith.  Esta foto en blanco y negro, muy bella, mostraba a Judith joven, sentada, vestida con sencillez (pullover y falda recta), sus largos cabellos negros y lisos peinados hacia atrás de modo de realzar su cara.


Lo que me sorprendió de entrada, cuando ingresé por primera vez en este consultorio, fue su parecido con papá.  Como él, tenía la cara ovalada, el cabello negro, y la nariz alargada (mi cabello es castaño claro, tengo la nariz respingada, el rostro triangular y los pómulos altos).  Lo que me sorprendió luego fue su belleza, la inteligencia de la expresión, la elegancia de la pose.  En la habitación no hay ninguna otra foto.


A sus pacientes, a nosotros, a mi, durante más de veinte años, mi padre pareció decirles: aquí está mi hija, aquí está mi única hija, aquí está mi hija querida.


Fue en 1963, durante mi estadía en Rusia, cuando me preguntaron por primera vez si tenía algún vínculo de parentesco con Jacques Lacan.  (Me acuerdo todavía del secretario diplomático que me hizo la pregunta).


¿Por qué señalar este hecho que podría parecer anodino?  Para remarcar que ni durante mi infancia, ni durante mi adolescencia, ni en el secundario, ni en la facultad, fui "la hija de".  Y creo que fue bueno.  Una suerte.  Una libertad.


En la edad adulta, desde mi regreso de la URSS, la pregunta se hizo más y más frecuente, y mi reacción era tan moderada como mis sentimientos. ¿Quería realmente ser la hija de Lacan?  ¿Estaba orgullosa o irritada?  ¿Era agradable no ser, a los ojos de algunos, más que "la hija de", es decir, nadie?


Los años pasaron y, análisis mediante, mis sentimientos con respecto a  mi padre se clarificaron y se apaciguaron.  Lo reconozco plenamente como mi padre.  Pero sobre todo (lo que es aun más importante), hoy tengo fe en mí y poco importa quién es mi padre.  Además, pensándolo bien, ¿no se es siempre la hija (o el hijo) de sus padres?


Una nocha (hacía tiempo que había llegado a la edad adulta), comía con mi padre en un restaurante.  Como siempre, era para mí un momento privilegiado, pero confieso no recordar hoy día ninguno de los detalles de la velada.  (¿Fue particularmente amistosa, cálida?). En cambio, lo que pasó a continuación no lo he olvidado.  Llevé a mi padre a la calle de Lille en mi pequeño Austin y, en el momento de separarnos, me dijo: "Cuídate, querida, y sobre todo, llámame cuando llegues".  Insistió.  Asombro de mi parte.  Yo que tenía una vida independiente, que no había cesado de moverme sola, de viajar sola (hasta el fin del mundo inclusive) sin que él manifestase ni la menor inquietud, repentinamente tenía ante mí un papá poule (padre sobreprotector) que me pedía que lo tranquilizara después de un vulgar trayecto por París.  Le seguí el juego y prometí telefonearle en cuanto llegase.  Una vez de regreso, cumplí con lo prometido inmediatamente, temiendo despertarlo si dejaba pasar más de un minuto: "¿Quién es?  ¿Qué?  ¿Qué pasa?"  Nuestro hombre caía de las nubes.  Tuve que recordarle sus recomendaciones.  Al colgar, me dije que tenía verdaderamente un padre singular, un poco zinzin (chiflado), según una expresión muy de su gusto.


Las flores...


Mi padre regalaba flores en las ocaciones solemnes, impregnadas de gravedad, cargadas de peligros potenciales.  Ahora bien, paradójicamente, las escenas que he mantenido intactas en la memoria están para mí enlazadas a un sentimiento cómico irresistible.


Como dije antes, partí en diciembre de 1962 para Moscú, donde debía trabajar en la embajada de Fancia por un año: cuatro estaciones.  Se convino en que tomase el tren (menos caro que el avión) y me preparé para atravesar toda Europa rodeando completamente a la Alemania Oriental según las directivas del Quai d'Orsay (en ese tiempo las cancillerías occidentales creían que así protestaban contra la erección del "muro").


Era mi primer viaje largo (tres días y tres noches en tren) y la primera gran separación de mi familia, de mis amigos y de mi país.  Además, iba hacia el otro lado de la "cortina de hierro" y esto sucedía en una época crucial de la guerra fría (la "crisis de los misiles" acababa de resolverse).  (Pero lo más importante para mí, lo más cruel, lo único que me inquietaba de verdad, y justamente de lo que nadie hablaba, era que viajaba sintiéndome enferma en todo mi ser, en mis capacidades intelectuales inclusive: ¿podría dar la cara en caso de dificultades en ese país totalitario?  ¿Correría el riesgo de encontrarme en prisión por falta de prudencia?  ¿Sería capaz de realizar el trabajo que se me exigía?).

Estaba en el andén de la estación conversando con mamá luego de haber colocado mis valijas en el compartimiento (había registrado días antes dos valijas y un baúl, porque había que llevarlo TODO, según me habían advertido).  Se aproximaba la hora de partida.  De papá, nada.  Pero claro que sí, allá estaba, a lo lejos, apresurándose casi sin aliento hacia nosotras.  Pero ¿qué tenía en las manos?  Sin duda, su regalo de despedida: ¡una gran caja de plástico transparente con una magnífica orquídea!  Tengo horror a las orquídeas, esas flores de lujo pretenciosas y mortíferas.  Pero no importa, mi padre no tenía por qué saberlo.  La cuestión era: ¿qué iba a hacer con ese objeto frágil y molesto durante setenta y dos horas y, en particular, cuando cambiase de tren en la frontera soviética?  Sorprendida una vez más por la extravagancia de mi padre, le agradecí no obstante con entusiasmo.


Resultó que, a fin de cuentas, "la cosa" hizo feliz a dos personas: en una estación secundaria en Polonia, un joven se instaló en mi compartimiento.  Su novia lo esperaba en la estación siguiente.  Entre los eslavos, regalar flores es una costumbre mucho más importante que entre nosotros.  Encantada, aproveché la oportunidad y le pasé la orquídea que cumplió así su justa misión.


La segunda "escena de flores" tuvo lugar algunos años mas tarde, en 1969, cuando me vi obligada a someterme de urgencia a una intervención quirúrgica, traumática para una mujer joven y de importancia imprevisible: antes había que "abrir".  En resumen (aunque había otros aspectos inquietantes, el sufrimiento y las posibles secuelas), la pregunta a la que tenía derecho era: ¿podré todavía tener hijos?  Mi padre vino a verme la víspera de la operación, decidida esa misma mañana, y debo decir que pronunció palabras muy diferentes a las de mi tío, el cirujano, quien me había tratado con cierta rudeza durante los días que pasé en observación en su servicio.  Yendo a lo esencial, me dijo con mucha ternura y solemnidad: "Querida, yo te lo prometo, sabrás toda la verdad".


Pero me alejó del tema: las flores.  Al día siguiente de la operación (para el lector compasivo agrego que sólo me sacaron la trompa y el ovario izquierdo), hacia las cuatro de la tarde, tocaron a la puerta de mi habitación.  "Entre", dije.  Entonces apareció por la abertura de la puerta un enorme ramo de flores, un macizo de flores, debería decir, en una gran vasija de barro, y detrás, muy chiquitito, mi padre sosteniendo el macetón como si fuese el Santísimo Sacramento.  Me dieron unas ganas locas de reír.


Intercambiamos las palabras habituales entre enfermo y visitante (nunca en mi vida sufrí tanto físicamente), luego mi padre se arrodilló al pie de la cama y se quedó en esa postura, poco común en un no creyente, durante un largo rato.


Cuando estaba allí, inmóvil, en señal de recogimiento, con los ojos cerrados, pensé, riendo en mi interior: prepara su seminario.


Mi padre no era un deportista, es lo menos que se puede decir (fue mamá quien le enseñó a montar en bicicleta cuanto tenía más de treinta años).  Pero con los años adquirió el gusto por las proezas, con todos los riesgos que una afición tan tardía podía acarrear.


Mi primer recuerdo sobre esto es el relato que nos hizo un jueves, provocando la hilaridad general, de su iniciación en el esquí, iniciación tan estrepitosa que de inmediato se rompió una pierna.  "Tendría que haberme visto, mi querida", le decía a mamá con una ingenuidad y un orgullo del todo infantiles, "la gente se quedaba con la boca abierta al verme pasar..."


Pude admirar con mis propios ojos sus dotes de nadador el verano que pasamos en Italia.  Papá, echado sobre la arena a pleno sol, hundido en la lectura de alguna obra erudita, se levantaba de pronto, vestido con un brillante traje de baño verde esmeralda, corría hacia el agua a grandes zancadas y, con la parte superior del cuerpo en la posición adecuada (los brazos estirados, las manos juntas), se lanzaba al mar con un gran "pluf".  Luego nadaba vigorosamente a brazadas, mar adentro... no muy lejos.


En otra oportunidad (nos encontrabamos para cenar), me contó que había atravesado todo París sin el menor cansancio, llegando a la conclusión de que nuestra capital no era, decididamente, más que una aldea.  Me quedé perpleja, pues siempre había visto a mi padre caminar despacio, con la cara vuelta hacia la punta de sus zapatos, visiblemente en otra parte, y me era inconcebible que pudiera disfrutar de un ejercicio semejante.


Evocaré, por último, una escena que chocó profundamente con mis convicciones de izquierda.  Una vez, cuando salía de casa, encontró su auto atascado entre dos vehículos.  Llamó a unos hombres de aspecto humilde que pasaban por allí y los puso a levantar el auto, sin hacer el menor gesto y dirigiendo las operaciones de palabra.  Poco faltó para que los gratificara con un "gracias, buena gente".

Mi padre me puso incómodo más de una vez por sus comportamientos con la gente.  El ejemplo de mamá, quien trataba a todos con el mismo respeto y la misma bondad, y mi propio concepto del ser humano, mi semejante, del que queda excluida cualquier jerarquía ligada al nacimiento o a la posición social, explican que la actitud de mi padre me haya chocado a menudo.


Si no se resistían, si se dejaban, los "subalternos" podían esperar lo peor... a menos que mi padre, cuyo humor era imprevisible, estuviese en ese instante en un estado de ánimo apto para la seducción.


Otros antes que yo han relatado con talento (y tal vez complacencia) las relaciones de papá con Paquita, la vieja asistenta española a quien en los últimos años, Gloria reemplazó en el consultorio a partir de una determinada hora.  La pobre estaba tan enloquecida que parecía un trompo dando vueltas, primero para un lado, luego para el otro, con cada orden contradictoria de su patrón.  Daba pena verlo, y sentí vergüenza por mi padre.


(Un chofer de taxi, por el contrario, no vaciló una noche en echarnos de su auto a la primera cuadra, de tan odioso que se había mostrado mi padre con él, incluso antes de arrancar).


Pero contaré aquí un incidente que me hizo sufrir mucho en su momento (por cuanto estuve estrechamente mezclada con él) y del que, pese a todo, hoy no puedo dejar de sonreir a causa de su carácter propiamente ubuesco (adjetivo que hace referencia a Ubu, el personaje de Alfred Jarry).  Yo coqueteaba entonces con los ambientes de izquierda.  Mi padre me llevó a un restaurant famoso.  Atravesamos la puerta, reverencia del maitre, peor para él.  Se mostraba solícito con el "doctor" y con la señorita, su hija.  Fuimos a una mesa, nos sentamos.  Semi-oscuridad.  Atmósfera gente-rica (muy rica).  Mi padre, con el menú en la mano me alaba los méritos de las trufas al natural.  Al principio escéptica, me dejo convencer.  Llegan las trufas.  El maitre espera, con el cuerpo ligeramente inclinado.  Bajo la mirada ansiosa de los dos hombres, introduzco en mi boca un primer bocado... y se produce la catástrofe.  Con voz estruendosa, mi padre me advierte: "¿Está bueno, está bueno?  Si no, nos vamos bien sabes".  Sonrisa crispada del maitre.  La hija del doctor lo encuentra desabrido, pero definitivamente se coloca del lado del "pueblo", del oprimido, del humillado y responde de la manera más calmada que puede, "está muy bueno".


Mi padre era así.


Mi padre siempre provocó mi admiración por su capacidad de abstracción.  El mundo podía caerse a su alrededor que nada podía perturbarlo o distraerlo de sus pensamientos cuando trabajaba.


Durante las vacaciones italianas que mencioné, había elegido como lugar de trabajo la habitación central de la villa.  Resultaba imposible evitarlo para ir de un cuarto a otro, para salir o para entrar.  Veo a mi padre sentado ante una enorme mesa llena de libros y papeles, inmóvil, ausente, mientras los miembros de la familia, ligeros de ropa, no dejaban de pasar.


Una tarde fuimos a pasear al mar.  La lancha equipada con un pequeño motor era conducida por un marinero.  El espectáculo era magnífico: los acantilados vertiginosos, el azul profundo del Mediterráneo, la centelleante luz sobre el agua, el resplandor del sol (todo producía un estado de embiaguez).  Mi padre, no obstante, no levantaba los ojos de su Platón.  (A veces, el marinero le lanzaba una mirada inquieta).


En Guitrancourt, era costumbre tomar el té en el estudio donde trabajaba mi padre.  Le gustaba que estuviésemos allí.  Nuestra charla no lo molestaba para nada.  Continuaba trabajando frente al ventanal que daba al jardín, y, en su fijeza de piedra, tenía algo de esfinge.


Vi a mi padre llorar dos veces.  La primera cuando nos anunció la muerte de Merleau-Ponty, la segunda cuando murió Caroline.  En un choque frontal con un mal conductor de origen japonés en una ruta al borde del mar, al atardecer, mi hermana murió en el acto.  El compañero de trabajo que la acompañaba en una misión a Jean-les-Pins cuenta sin embargo que justo antes del accidente ella lanzó un fuerte grito.


El ataúd, traído a París en una avioneta de alquiler, fue depositado en la cripta de la iglesia donde se llevaría a cabo la ceremonia religiosa.  Mi madre, postrada, lívida, se desplomó contra el ataúd.  Llegó mi padre.  Fueron a levantar el cuerpo.  Mis "padres" se volvieron a encontrar de pie lado a lado.  Mi padre tomó la mano de mamá y las lágrimas cubrieron su rostro.  Era de alguna manera el único hijo de ellos.


Ya he mencionado mi "enfermedad" y algunos de mis síntomas.  Pero no es el propósito de este libro.  Me limitaré, pues, a no decir de ella más de lo necesario para la comprensión de lo que escribo aquí.  El "infierno" del que hablé duró un largo tiempo después de mi regreso de la URSS.  La idea del suicidio empezó a acecharme como única solución a tanto sufrimiento.  Casi nada se modificaba pese al análisis.  Una noche en la que fui a ver a mi padre "con urgencia", desesperada, le planteé una cuestión primordial: ¿qué me pasaría cuando él ya no estuviera allí para asegurar mi vida material?  Me miró con gravedad y compasión y me dijo tranquilamente, como si fuerse evidente: "pero tendrás tu parte".  El concepto de herencia no formaba parte, parece ser, de mi universo mental.


Vi a mi padre (vivo) por última vez cerca de dos años antes de su muerte.  Hacía tiempo que no tenía noticias de él.  Generalmente era yo quien lo llamaba, quien daba el primer paso.  Quería ponerlo a prueba en esa época, de modo que no hacía ningún intento por verlo.  Había dejado de pedirle dinero para vivir, al precio de llevar una vida ascética, por cierto, pero me sentía aliviada de poder arreglármelas al fin sola y de no tener que "mendigar".  No se dijo ni una palabra, por otra parte: sólo dejé un buen día de ir a buscar mi "pensión" a la trastienda de Gloria (¿se dio cuenta mi padre?  No hay nada que lo demuestre.  La única persona que hubiera podido hacérselo saber era precisamente Gloria. ¿Lo hizo?  No lo sé.)  Sea lo que fuere, en marzo de 1980 tuve la necesidad de operarme y no tenía ni el dinero para ello ni cobertura de seguridad social.  No sin cierta malicia (no se preocupaba por mi, bien, tendría que hacerlo...), aproveche la ocación para volver a verlo.  Hice la cita por intermedio de Gloria, como de costumbre.  Entré a su consultorio donde me esperaba inmóvil, petrificado, sin expresión en la cara, y le pregunté alegremente cómo estaba, qué novedades.  No me respondió y me preguntó en un tono que no le conocía qué quería.  Hablar, verte..., dije sorprendida.  ¿Qué más?  Ofendida, le respondí que tenía que operarme, que no tenía el dinero necesario y que, por consiguiente, esperaba que él me lo diera.  Su única respuesta fue un "no", y luego se levantó para poner término a la "sesión".  No hizo ninguna pregunta sobre mi salud.  Incrédulo, intenté "despabilarlo", pero en vano: me dijo no una vez más, manteniendo abierta la puerta delante de mí.  Nunca mi padre me había tratado así.  Por primera vez me encontraba ante un extraño.  En la vereda de la calle de Lille, me prometí no volver a ver ese tipo hasta su lecho de muerte.


No fue sino mucho más tarde, demasiado tarde, cuando Gloria me dijo que en esa época (ya en esa época) él le decía que "no" a todo el mundo.  Ella me vio salir perturbada, yo le conté todo, ¿por qué no me lo dijo entonces?


A comienzos del mes de agosto de 1981, Gloria (siempre Gloria) me telefoneó para sugerirme, aunque con mucha insistencia, que visitase a mi padre en Guitrancourt.  No me transmitía ningún pedido de él, pero estaba segura, decía, que le daría un gran placer.  En suma, me señalaba mi deber.  Ese fue el día en que me explicó lo que había pasado un año y medio antes y me reveló lo que yo ignoraba totalmente: que mi padre no estaba bien (¡Oh, eufemismo!).  No necesité más: ya sin resentimientos, quería verlo lo más pronto posible.  Ahora bien, ¿entonces por qué?, Gloria fijó la cita para fin de mes.  Transcurrieron dos o tres semanas, y yo me preparaba emocionada para volver a ver a mi padre.  La víspera del encuentro, fijado para un domingo, lo recuerdo claramente, hubo un nuevo llamado de Gloria, esta vez para cancelar la reunión.  Mi padre tenía que ser hospitalizado de urgencia "para hacerle unos exámenes":  ¿Dónde?  Imposible saberlo.  (¡Dios mío! ¡Qué "joven" que era!  ¿Cómo es que no exigí que se me dijese dónde se encontraba mi padre?).  En cuanto a la gravedad de la situación, la secretaria, quien pasó del servicio del Amo al de su hija (la otra), se cuidó bien de informármela.  Quince días más tarde, salí para Viena, donde tenía que trabajar durante cierto tiempo como traductora en una organización internacional.  El 9 de setiembre, a mitad de la tarde, recibí en la oficina un llamado de mi hermano.  Mi padre, me dijo, iba a morir esa noche.  Era preciso que tomase el primer avión.  Como si se pudiese tomar un avión como quien toma un taxi.  Me encontraba en las afueras de Viena, y tanto mi pasaporte como mis cosas estaban en el hotel de la ciudad.  Me era materialmente imposible volver a París en el mismo día, y tuve que conformarme con partir a la mañana siguiente.  Estaba rígida.  La muerte del propio padre es inimaginable.  Incapaz de quedarme sola, le pedí a un colega que me acompañase a "cenar" y, después de su partida, me quedé en el restaurant hasta bien avanzada la noche, bebiendo una copa tras otra.


A mi llegada a París, telefoneé desde el aeropuerto.  M padre había dejado de existir,  Fui directamente a la calle de Assas, donde vivía Judith y adonde habían transportado el cuerpo de mi padre.


Acuso a mi hermano, que logró que Gloria le dijese dónde estaba hospitalizado mi padre y se instaló a la cabecera de su cama todos los días venciendo la barrera de Judith, de haberme ocultado hasta el último momento la certeza de que iba a morir, la extrema gravedad de la operación a la que fue sometido y de su estado general, y la presencia continua de la muerte, tratándome así, una vez más, como a un ser de segunda categoría.  La explicación que me dio fue que él le preguntaba todos los días si quería verme y mi padre le respondía, cada vez que no.  Pero él, mi hermano, ¿le había preguntado acaso si quería verlo?


Sé que en el hospital, después de la operación, mi padre recuperaba, aunque sólo fuera por un instante, su lucidez, la memoria de lo que fue.  Estoy segura de que si hubiese estado allí, me habría reconocido, en uno o en otro momento, y los años que siguieron habrían sido menos penosos para mí.


El entierro de mi padre fue doblemente siniestro.  Ante todo, yo enterraba a mi padre, luego hubiese querido que las personas que lo amaron estuviesen allí.  Aprovechándose de mi embotamiento, de la ausencia de reacción de mi hermano y de su estatuto privilegiado, Judith tomó por sí sola la decisión de un entierro "íntimo", de este entierro-rapto anunciado sólo después a la prensa, y en el que, para colmo, tuve que sufrir la presencia de algunos insignificantes personajes de L'Ecole de la cause (forma abreviada y corriente de la Escuela de la Causa Freudiana, fundada en 1980) a quienes me abstuve de saludar.  Judith y Miller organizaron todo.  No faltaba ninguno del "clan" y Thibaut y yo hicimos el papel de indeseables (sólo Marianne Merlau Ponty vino a abrazarme).  "Todos son unos traidores", pensé.


Empezaba la apropiación post mortem de Lacan, de nuestro padre.  Pero ¿cómo reaccionar cuando uno está en duelo y tiene que vérselas con gestores calculadores?  Todo fue demasiado rápido.  Después me enfrenté con Judith (con el pasar de los años, con más y más determinación) cada vez que lo creí necesario y legítimo.  Pero entonces tenía la mente en otro lado.  Al día siguiente del entierro, volví a partir para Viena.


Varios años después de la muerte de mi padre, pasé por Guitancourt, donde está enterrado, de regreso de un fin de semana en Honfleur con mi amigo de entonces.  No tenía auto en esa época, de modo que aproveché la ocasión (un paseo fuera de París, un vehículo) para hacerle una visita.


El cementario de Guitrancourt está en la ladera de una colina, en el límite del pueblo.  Felizmente, la puerta está siempre abierta, lo que permite entrar en él sin mediación de nadie.  Le pedí a mi amigo que me esperase en el camino de más abajo.  Quería ver a mi padre a solas, sin testigos, él y yo.  (Dejemos de lado la reacción contrariada y molesta de muchacho).  Se trataba de una cita privada, íntima.


Subí entre tumbas floridas (¿flores artificiales?) hasta la de mi padre, situada en todo lo alto del recinto.  Una fea losa de cemento con su nombre y las fechas tradicionales (nacimiento-muerte).  Estaba conmovida.  Hacía tantos años que no hablábamos.


El tiempo estaba bello y frío, el aire intenso.  Llevaba conmigo una rosa roja.  La puse con precaución en la estela, buscando por largo rato la posición ideal, y luego me quedé quieta.  Esperaba que se estableciese el contacto.  La situación era tanto más difícil puesto que un "idiota" me esperaba abajo y su mal humor me había perturbado.  Esperé en vano concentrarme, estar del todo allí.


Como último recurso, pegué mi mano a la piedra helada, hasta quemármela.  (Tantas veces en el pasado nos habíamos tomado de la mano).  Acercamiento de cuerpos, acercamiento de almas.  La magia funcionó.  Finalmente estaba con él.  Querido papá, te amo.  Tú eres mi padre, los sabes.  Seguramente me escuchó.


De vuelta en París, en medio de la noche le escribí a una amiga una larga carta que, lo recuerdo, terminaba así: "No hay que dejar a los muertos demasiado solos".


Epílogo


El último sueño
(Extracto de mi diario, Viena, 19 de setiembre de 1981, sueño anotado tal cual al despertar)


Soñé que mi padre se curaba (no estaba muerto) y que nos amábamos.  Era un asunto únicamente entre él y yo.  Si había personas presentes, eran tan sólo figurantes a quienes yo no miraba, y no intervenían de ninguna manera.


Era una historia de amor, de pasión.  Corríamos también el riesgo de que muriese porque su "herida" podía abrise en cualquier momento, y no era prudente.  Tenía miedo, pero eso no dependía de mí.


Requiem
(Extracto de mi diario, París, octubre de 1981)


Luz, el ligero martilleo de los pasos, en el cortejo, los niños, las flores, el camino suavemente remontado hacia el cementerio, imagen fija y en movimiento, aquí fue cuando lloré: encerrada en un féretro, la muerte palpable se enfrenta por última vez a los colores, aire movedizo, verdes horizontes de colinas, el palpitar del mundo.


En el Jacques Lacan de Elizabeth Rudinesco, publicado en setiembre de 1993, la autora evoca al final del capítulo "Tumba para un faraón" los últimos momentos de mi padre.


Escribe: "(...) bruscamente, la sutura mecánica se rompió, provocando una peritonitis, seguida de una septicemia.  El dolor era atroz.  Como Max Schur a la cabecera de Freud, el médico tomó la decisión de administrar la droga necesaria para una muerte apacible.  En el último momento, Lacan lo fulminó con la mirada.


Cuando leí esta última frase, me sentí embargada por una desesperación insondable.  Me deshice en lágrimas, transformadas rápidamente en sollozos convulsivos.  Boca abajo en el sofá de la sala, me hundí en un torrente de lágrimas ardientes que parecía no detenerse nunca.


La idea de que mi padre se había visto caer en la nada, que había sabido un segundo antes que iba a dejar de existir, me era insoportable.  Su furia en ese instante, su no aceptación del destino común a todos los hombres, me lo hacía más querido, pues lo reconocía completamente en esto: "obstinado", según las últimas palabras que se le adjudican.


Ese fue el día, creo, en que me sentí más cerca de mi padre.  Después, ya no he llorado al pensar en él.


Fin